17 julio, 2024

ENTRENANDO DE FORMA HETERODOXA EL ESQUÍ ALPINO EN PLANO PARA PODER LLEGAR A SER OLÍMPICO – Historias de los Juegos

Se está poniendo difícil descubrir qué olímpico/a ha mostrado más tesón para serlo. En la lista de los ‘finalistas’ sin duda tiene que entrar Jim Hunter. Por varias razones.

La primera por superar a lo grande un grave incidente/accidente que se produjo siendo él apenas un niño de diez años. Un día estaba pasándoselo pipa saltando sobre su cama, intentando dar un salto mortal hacia atrás cuando cayó mal produciéndole la caída un grave conmoción cerebral que le llevó a sufrir un largo coma. Al despertarse de él no recordaba nada. Tuvo que reaprender a hacer todo, incluido a hablar. La gente desde entonces le trataba de forma diferente pero él se esforzó trabajando duro en llegar a ser capaz de hacer algo destacable. De hecho el Jim Hunter adulto recuerda cuando, durante su rehabilitación en el hospital, una enfermera le dijo que tenía que aprovechar esa ‘vuelta a nacer’ para hacer algo grande en su vida.

El pequeño Jim se recupera y descubre el deporte del esquí alpino. Sí, es canadiense, por lo que no debería extrañarnos que se acercara a esta afición, pero Jim vive en una pradera plana, en la región de Saskatchewan, lejos de las montañas. A los once años se empeña en practicar el esquí alpino, algo imposible en su zona, así que acude, ayudado siempre por su familia, a métodos para nada ortodoxos. En posición huevo montaba sobre esquíes en el techo de la camioneta conducida por su padre que llegaba a alcanzar los 100 km/h para intentar acercarse mínimamente a lo que es un descenso sobre esquíes. No contento con ello Jim se metía dentro de una gigantesca rueda de tractor en marcha para saltar desde la misma. También realizaba saltos, siempre en la posición de huevo, sobre el asiento de un tractor. Hasta 1.500 seguidos por milla durante 14 horas al día llegando en sus saltos a alcanzar 1,80m. Por cosas así Jim se ganaría con el tiempo el apodo de ‘Jungle Jim’, ya que siempre demostró ser “de otra pasta”, siempre arriesgado, con un esquiar agresivo (en el buen sentido).

Para cuando alcanzó los 16 años ya entró por méritos propios en el equipo nacional canadiense. Jim Hunter llegó a ser olímpico en dos ocasiones: en los Juegos de Sapporo de 1972, con resultados pobres, todo hay que decirlo, y en los siguientes de Innsbruck en el 76. Lo que le ocurrió en estos últimos es otra prueba de su determinación por ser olímpico. Durante el último entrenamiento de la prueba del descenso se le cruzó un fotógrafo alemán contra el que acabaría chocando, con el resultado de rotura de varias costillas, además de su traje y sus esquíes. Cuando llegó a la meta su entrenador dio por sentado que no podría participar en la carrera, olvidando que Jim es experto en superar obstáculos. En efecto, Jim Hunter disputó el descenso, alcanzando un mal puesto como lo hizo en el resto de pruebas en las que participó, pero ahí está el verbo importante: participó. No ganó una medalla que parecía estar a su alcance, si tenemos en cuenta que acabó entre los tres primeros en siete de los nueve entrenamientos realizados y que ganó el bronce en la combinada del Mundial que se realizaba a la vez que los Juegos Olímpicos de Sapporo, la primera medalla en un Mundial para un esquiador masculino canadiense.

No podemos extrañarnos de la trayectoria posterior de Jim Hunter conociendo estos antecedentes. Cuando, contando 59 años sufrió un ataque al corazón -que afortunadamente superó-, dedicó su vida a extender el mensaje de llevar una vida sana centrada en evitar que ocurran enfermedades cardiovasculares. Ahora es un motivador que da charlas, además de mostrar a un público que va desde escolares a empresas cómo se puede desarrollar la persecución de los sueños para conseguirlos. Mejor maestro no podría haber.



Ver fuente