20 febrero, 2024

LA NADADORA A LA QUE CORTARON LAS ALAS – Historias de los Juegos

Hilda James fue el ejemplo de deportista con trayectoria cortada de raíz de la que sospechamos podría haber llegado aún más lejos en su carrera. Británica de Liverpool nacida en 1904, Hilda nació en el seno de una familia humilde cuyo padre huyó de la Gran Hambruna de Irlanda para convertirse posteriormente en Testigo de Jehová y con una madre proveniente de una familia cuáquera. Destacamos los aspectos religiosos porque, como veremos, éstos marcaron la vida y la trayectoria deportiva de Hilda.

Hilda James fue una niña atlética, que ganaba en las carreras a los niños de su edad y que salía a la calle a la más mínima ocasión para jugar y moverse. Es otro de esos tantos casos de entrar a practicar un deporte (que más adelante proporcionaría triunfos) por mera casualidad. En su caso empezó en la natación para evitar las clases de religión, de las que estaba exenta por no ser la suya. Y ahí tenemos a la niña Hilda pasando vergüenza por el bañador tejido por su madre, que además de picarle le pesaba en cuanto se mojaba. Tampoco tenía facilidades en cuanto a poder entrenar, ya que la pequeña Hilda tenía que ocuparse de la casa mientras su madre realizaba largas visitas al hospital, donde estaba su hermano. Pese a todos los obstáculos, empieza a destacar y a ganar medallas. Su mejoría fue tal que la pusieron con los mejores entrenadores.

En medio de sus entrenamientos de natación realizaba movimientos de natación sincronizada como calentamiento y diversión, llegando a pensar en realizar un programa completo de este deporte que estaba naciendo como espectáculo en una gira, algo que no llegó a concretarse. Paralelamente fue ganando medallas en las pruebas de cara a los Juegos Olímpicos y, por tanto, fue seleccionada con apenas 16 años para participar en los de Amberes, pero su madre no estaba conforme con que fuera a los Juegos Olímpicos por motivos religiosos -un hándicap que la seguiría persiguiendo en el tiempo-. Para más inri, acudir a los Juegos le suponía hacerse con un traje de seda muy caro que no podía pagarse. La solución vino de la solidaridad de sus vecinos, que recaudaron rápidamente lo necesario.

Hilda participó en unos Juegos aún en pañales donde la piscina olía mal y contenía barro. Pero se cumplió el objetivo de volverse con medalla, pues ganó junto a sus compañeras la plata en los relevos detrás de las nadadoras estadounidenses. Esa plata las hizo volver como auténticas estrellas. Es importante señalar que las británicas nadaban con el llamado brazada “Trudgen”, un híbrido entre el crol y la patada de tijera realizada de lado, mientras que las americanas dominaban con un estilo más avanzado: el llamado “crol americano”, desarrollado por Charles Daniels, que definitivamente era más rápido, además de requerir menos gasto de energía y ser más natural y eficiente. Hilda se decepcionó al ver que los entrenadores británicas no hubieran adoptado el crol americano y, ni corta ni perezosa, pidió a los estadounidenses que le enseñaran el nuevo estilo. Lou B. Handley, el entrenador más prestigioso entonces, y la propia Ethelda Bleibtrey accedieron. Según Hilda James comparar los dos estilos (el americano y el Trudgen) era como “comparar peces con ranas”.

Mientras, Hilda se había ganado el apodo de “La cometa inglesa” y demostró su valía batiendo varios récords mundiales. Aquí viene otra de las trabas que tuvo que sufrir en su vida: fue acusada de tramposa al realizar la nueva técnica. Parecía que el mundo estaba contra ella, pues además de encontrar la oposición de su madre también se la acusó de ser una profesional (recordemos que los deportistas no podían cobrar nada si querían participar en unos Juegos Olímpicos en esos tiempos) por dar clases de natación a niños, clases que nunca cobró. El remate fue que no llegaron a contabilizar seis de sus récords mundiales alegando que “no había certeza digital” de los mismos. Así las cosas, fue invitada para participar en carreras en Estados Unidos. Al aceptar la invitación fue “castigada” por su madre a realizar pesadas tareas, ya que se oponía a dicho viaje.

En Estados Unidos Hilda haría buenas migas con varios míticos nadadores de aquel país: además de la ya citada Bleibtrey con Gertrude Ederle y con Johnny Weismüller, con el que mantendría un breve flirteo. Sus logros y su estilo (se la consideraba la nadadora más estilosa del momento) hicieron que recibiera ofertas para pasarse al profesionalismo, pero Hilda rechazó todas para poder seguir siendo amateur y estar en los Juegos Olímpicos de París 1924, después de los cuales sí planeaba convertirse en profesional.

En las vísperas de la cita olímpica de 1924 Hilda estaba en su mejor momento y se esperaban de ella victorias en los Juegos. Su madre se empeñó en que debía acompañarla a la capital gala y que las autoridades deportivas británicas debían pagar ese viaje. Al negarse éstas, la madre prohibió la participación de su hija. Pensó que lanzar esa amenaza serviría para que las autoridades se plegaran a su petición, pero no fue así. El intenso deseo de Hilda de ir a los Juegos hizo que se encarara en una fuerte discusión con sus padres para conseguir el permiso, pero no solo no lo logró, sino que la paliza física por medio de golpes con su cinturón que le provocó su padre llegó a causar un desmayo en la nadadora. Al día siguiente, aún con heridas y fortísimos dolores, Hilda abandonó el hogar familiar. Tuvo que ser hospitalizada, tomándole más de dos semanas curarse mínimamente, pues le costaba incluso ponerse el bañador sin dañarse la piel. Hilda empezó a entrenar con mucho cuidado, siempre acompañada porque requería asistencia. Mientras, los familiares a cuya casa acudió en su huida denunciaron a la Policía a los padres de Hilda, pero sin consecuencias. Al ser menor de edad Hilda no podría viajar a París sin el consentimiento de sus padres, que no llegó a producirse.

Pese a que llegó a competir en la Gala Olímpica celebrada en Glasgow donde triunfó, su participación en los Juegos de París no llegó a producirse. Eso hizo que la Prensa especulara en las causas de su ausencia: ¿quería Hilda pasarse ya al profesionalismo? No podía ser por estar fuera de forma, vistos los resultados de la Gala. Su madre, quien seguía indignada por la huida de Hilda, se dedicó a desperdigar sus trofeos entregándolos a diversas partes. De esta triste forma, sinsentido, se puso fin al sueño olímpico de la que era considerada la mejor nadadora británica de su tiempo.

Después de ello Hilda James fue reclamada a realizar una exitosísima gira por Sudáfrica por tres meses, donde además de exhibiciones y carreras dio clases a miles de escolares. Los cinco años siguientes los dedicó a esas mismas tareas pero a bordo de cruceros, donde llegó a realizar varias vueltas al mundo. Se da la circunstancia de que el Carinthia, el trasantlántico donde las realizó, fue confiscado al inicio de la II Guerra Mundial para usarlo en la misma con fines bélicos, siendo hundido al poco por los alemanes.

Su último contacto con la natación de competición fue un intento por cruzar a nado el Canal de la Mancha, que al final no llegó a realizar ante el aluvión de consejos en contra recibidos debido al estado de las aguas y de las condiciones atmosféricas, que hacían peligrosa la aventura.

Esta es la historia de una persona que llevaba el deporte en la sangre aunque se le cortara de raíz por causas ajenas. Quién sabe lo que habría conseguido de haber participado en los Juegos de París 1924.

 



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