Esta es la peor generación de tenistas en toda la historia
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Llamados a dar el relevo al Big 3, a provocar su abrupto final y asumir las riendas del tenis mundial. Así es como irrumpieron en la élite los nacidos a finales de los años 90, pero nada ha salido como esperaban. Analizamos los motivos por los que esta generación parece haber colapsado y por los que muchos hablan ya de que es una de las peores en la historia del tenis.
Un número 1 del mundo y campeón de un torneo de Grand Slam. Ese es el bagaje de esa hornada de jugadores a partir de la cual la ATP creó el concepto de NextGen y a los que publicitó y potenció a nivel de marketing hasta la sociedad, presentándolos como el relevo natural del Big 3, los hombres que prov0carían el ocaso de tres de los mejores de todos los tiempos e irrumpirían con fuerza para mantener el tenis en lo más alto.
Daniil Medvedev ha sido el único capaz de conseguir unos éxitos solventes y a la altura, o incluso por encima, de las expectativas puestas sobre él, e incluso él, comparte una serie de vicios y defectos con sus coetáneos, que pueden explicar el decepcionante rol en la historia del tenis que han desempeñado y están desempeñado estos tenistas. Alexander Zverev, Stefanos Tsitsipas, Andrey Rublev, Karen Khachanov, Cameron Norrie, Casper Ruud, Taylor Fritz... Todos ellos han arrancado algún título de Masters 1000 y tuvieron sus momentos de auge, pero parecen completamente obsoletos y supeditados a un nuevo poder emergente.

Atrapados entre el prolongado y exitoso ocaso del Big 3 y la irrupción precoz de leyendas como Alcaraz y Sinner
Habiendo sufrido más tiempo del previsto a un Big 3 que prolongó su reinado y del que aún quedan rescoldos con un Djokovic capaz de todo, ahora se topan con una pléyade de jóvenes estrellas, nacidos ya entrado el siglo XXI y que muestran un potencial tenístico, madurez, ambición y ética de trabajo para salir de su zona de confort y evolucionar, mucho mayor que la suya. Los Fils, Fonseca, Jódar, Mensik o Tien se van abriendo hueco como alternativas al poder dictatorial ejercido por Alcaraz y Sinner desde hace años y que ha hecho una pinza mortal a unos tenistas que parecían relamerse ante el vacío de poder que quedaría cuando Federer, Nadal y Djokovic se despidieran del tenis.
Esperar su momento y no ir a por él puede ser una síntesis perfecta de sus carreras. Si algo caracteriza a todos es su incapacidad para evolucionar como tenista. Hagamos un rápido repaso. Tsitsipas asaltó la élite con el mandato ineludible de mejorar su saque y, sobre todo, su revés. Zverev daba por hecho que el anhelado Grand Slam caería como fruta madura sin que tuviera que modificar su patrón de comportamiento con una derecha que empezó siendo una pequeña debilidad y se está convirtiendo ya en una rémora flagrante. Rublev siempre tuvo pendiente la consistencia mental y variedad táctica, y sigue en las mismas. Khachanov emergió con margen de derecha y lo sigue teniendo. Y la lista puede continuar.
Cabe señalar, como ejemplo sintomático de todo lo que hablamos, la relación de todos estos jugadores con la hierba (la que se pisa, no la que se fuma, por supuesto). Ninguno de ellos se sentía cómodo jugando en Wimbledon al inicio de sus carreras y no han sabido o no han querido encontrar la manera de cambiar eso. Esta superficie ha sido siempre territorio comanche para la mayoría de ellos. Esto no es más que una anécdota extrapolable a su manera de entender el tenis profesional.

Todos se caracterizan por no haber mejorado los puntos débiles con los que alcanzaron la élite
La competitividad existente hoy en día hace que nadie pueda relajarse. Los mejores no lo son por llegar con su versión estándar a la élite, sino por salir de su zona de confort permanentemente, buscando progresos y cambios radicales en su tenis. Lo hizo Nadal de forma evidente (nada que ver su versión de 2006 con la del 2022, por ejemplo), lo ha hecho Djokovic, incorporando nuevos matices constantemente a su tenis y también lo consiguió Federer, buscando la manera de que su revés no fuera un freno. La progresión de Alcaraz con el saque o la variedad táctica aplicada por Sinner, son otros ejemplos claros de cómo actúan las leyendas.
Si bien es cierto que tenistas como De Miñaur o Fritz han tenido la voluntad de progresar mucho y lo han conseguido, con cambios sustanciales en su tenis, disponían de un techo de nivel mucho más bajo que el de otros de sus coetáneos. Otro caso paradigmático es el de Daniil Medvedev, quien a pesar de ser el que más éxitos ha cosechado, también se ha erigido en el que más riesgos ha asumido buscando una revolución en su tenis que le permitiera competir con Sinner y Alcaraz. No lo logró, pero lo buscó con ahínco y nada hay que reprocharle. Ahora vuelve a sus orígenes, intentando reencontrarse con un estilo propio en el que se sienta cómodo y con confianza como para optar a algún éxito aislado importante.
Resulta evidente, con este somero análisis, que hay una clara impotencia, desidia o apatía en los nacidos a finales de los años 90 a la hora de hacer todo lo necesario para explorar sus límites. De forma habitual surgen declaraciones fuera de lugar, excusas rocambolescas y actos que distan mucho de lo que se espera en profesionales llamados a hacer historia. Aún hay tiempo por delante en sus carreras, pero parecen sentenciados a verse aplastados por la nueva fuerza emergente.
