Camiseta 10 | Vinotinto vs. los irresponsables
El resultado del partido del domingo es lo de menos, porque era el coloso del sur ante un equipo que contra su voluntad no fue un antagonista serio, en el más puro sentido lo que es ser antagonista; el gol con el pecho de Gabigol fue la metáfora de aquellas diferencias. Las expectativas, ante el silencio de las informaciones que no fluían de la fuente que tenían que fluir, era quiénes iban a ser los jugadores venezolanos; no los que Iban a estar en la cancha, sino aquellos con quienes la pandemia había sido cruel. El secretismo, tan en boga en estos tiempos paradójicos en los que las comunicaciones son un dios de la modernidad, reinó a sus anchas, y solo se develó el misterio cuando anunciaron las alineaciones minutos antes del comienzo. Castigada por la pandemia, pero sobre todo por la irresponsabilidad de mucha gente, Venezuela solo fue entrega generosa y estoica, que soportó los tibios embates de un rival que, hay que decirlo, nunca recurrió a la intensidad para solucionar el partido…
Y si Venezuela no exigió a Brasil, encerrada con dos líneas de cuatro y con el sacrificio de Fernando Aristeguieta, su único atacante metido a defensor por las circunstancias, los brasileros tampoco lo hicieron, porque su displicencia, su saberse superior hizo que la improvisación y el ingenio que son características de su fútbol se fueran de vacaciones. El partido, pues, no fue tal, sino Brasil contra un tenaz grupo de muchachos. Ahora habrá que voltear y mirar hacia aquellos que permitieron los desmanes de las visitas de familiares y amigos a la concentración en Caracas, al técnico José Peseiro que no supo contener a la manada, y a algunos de los jugadores que no repararon en lo que estaba pasando en el mundo. Dicen que lo que mal comienza mal termina, y, bueno…
Todo lo acontecido alrededor de Cristian Eriksen no ha sido solo un accidente de su sufrido corazón. Va más allá. Es la punta del hilo, porque la madeja está en la transfiguración de los jugadores de fútbol en robots, máquinas de hacer dinero sin ninguna consideración por sus humanidades. La Eurocopa y la Copa América responden a reclamos financieros de las empresas de patrocinios, ante las que la Fifa y la Conmebol se arrodillan. En los años recientes han surgido torneos y torneítos sin preguntarle a los jugadores si quienes uniformarse, y estos tampoco se lo preguntan a sus apaleados organismos. A los futbolistas se les explota por su parte más débil: el dinero, y ninguno de ellos contradice jugar por la plata que hay en para ellos. Quizá los organismos rectores estén acabando al fútbol como deporte, y con el tiempo también con el gran negocio.
Nos vemos por ahí.
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