2025, un año que pudo haber sido diferente
Entre aciertos y equivocaciones, entre goles y autogoles, el 2025 será recordado por aquello que no pudo ser. La noche incierta de Maturín quedará en la memoria de los venezolanos como el episodio más inesperado y doloroso que recuerden los tiempos, porque no solo fue la derrota ante Colombia, sino el desvanecimiento, así sin previo aviso, sin trompetas de advertencia, de una esperanza nacional vivida en las camisetas Vinotinto de la selección.
No se puede negar, a estas alturas, la voluntad y entrega de la Federación Venezolana. Hizo todo lo posible porque Venezuela llegara hasta los predios mundialistas; no escatimó voluntad ni recursos para el logro, porque esa era el objetivo fundamental de todos sus afanes. Pero también hay que decir que llegada al cruce de caminos y sin la mirada de lo que convenía al país, tomó por el sendero errado, aquel que pensó en afinidades personales y que quedó demostrado en la delegación de la conducción de la Vinotinto a un argentino, Fernando Batista, sin experiencia en selecciones, y no a un venezolano avezado y conocedor.
El pasado castiga, pero ya nada se puede hacer. Si hubiéramos hecho esto y lo otro… pero esto solo queda en el futurible, la ciencia que estudia lo que pudo haber sido y no fue. Ahora solo queda levantar la cabeza y mirar hacia lo que ha de venir en el futuro, que como decía el poeta Mario Benedetti, “es lento, pero viene, seguro que viene…”.
Y en ese “lo que ha de venir”, el fútbol venezolano, y quizás equivocado otra vez, piensa con ahínco de minero en quién podrá ser el nuevo director técnico de la Vinotinto. Esto ha de ser importante, sí, pero no tanto como establecer con visión periférica, total, aquello que sea capaz de ver lo que hay debajo de la alfombra.
Pero para el aficionado común esto último quizá sea lo de menos. Lo demás, lo que de verdad importa como prioridad y emblema, es la Vinotinto. Siempre hemos creído que el bendito día en que Venezuela clasifique a un Mundial, el estallido social, el jolgorio desmedido será de tal magnitud, que podría compararse como el que cuentan fue el del país cuando la victoria del beisbol en el Mundial de La Habana, en 1941.
Ya no se puede decir que aquí no se trabaje con las divisiones menores; sí se hace, pero no con la rigidez y el orden de otros países. Las llamadas escuelas de fútbol entrenan a los niños con verdades distintas, sin el patrón de, digamos, el “Baby Fútbol” que caracteriza al fútbol menor en Uruguay. Con esa idea el joven crece con sus características propias pero con la misma concepción de equipo que prevalece.
La ardua labor aguarda como un oso en el invierno glacial. Habrá que despertarlo, estimularlo y comenzar a crecer. El fútbol venezolano avanza, pero también el resto de naciones del continente. Habrá que dar dos pasos hacia adelante y ninguno hacia atrás. Ninguno hacia atrás.
Esclavo de lo que dice…
El adagio reza así, esclavo de lo que dice, dueño de lo que calla. Por eso suele ser peligroso ofrecer promesas, porque el no cumplirlas se devuelve como un boomerang de palabras. Esto lo decimos porque desde la Federación se asegura que el próximo entrenador de la Vinotinto, aquel que mirará hasta el 2030, será un nacional. Esta afirmación se puede interpretar así: o al organismo se le acabó el dinero para traer a un técnico extranjero, o que ha tomado conciencia de una verdad postergada por años: a los venezolanos solo lo conocen los venezolanos.
Así la cosas, crece una oportunidad impensada para los cinco candidatos a tan apetecida y a la vez filosa empresa. Ser conductor de la selección puede ser una bendición, una llegada, una “visa para un sueño” como cantara Juan Luis Guerra, pero también el pasaporte para caer sin posibilidad de redención por el acantilado profundo del fracaso.
